Un resumen por: Biol. Francisco Dionicio López Gómez
Durante muchos años la evaluación fue una medida
arbitraria y esto en gran medida basada en como evaluaba la industria mediante
test esto se trasmitió a las aulas escolares y paso a ser el examen la única
forma de evaluación.
Desde sus comienzos, la evaluación aparece influida
por su procedencia del campo empresarial. Por eso, al igual que los empresarios
miden cuantitativamente los resultados de su producción, en el campo educativo
se pretendió medir el progreso del alumno cuantificando lo aprendido. Ello hace
que se equipare a “medida” y que durante muchos años (demasiados, ya que en
ocasiones llega hasta nuestros días) lo que se intente al evaluar es medir la
cantidad de conocimientos dominados por los alumnos.
Hay que tener presente que la base de cálculo de
las puntuaciones son las notas dadas por los maestros de una manera
fundamentalmente arbitraria, no como pudiera suponerse por mala fe, sino por
falta de elementos de referencia fidedignos.
¿Por qué una lección o un ejercicio vale siete
puntos, y no ocho o seis?
¿Es que el maestro puede dar fe de un exacto y
positivo trabajo de contraste improvisado en un instante?
En la actualidad se hace patente una divergencia
entre los conceptos de evaluación que se manejan a nivel teórico y la práctica
real en las aulas. Creo que una buena parte de los profesionales que nos
dedicarnos a la educación estamos de acuerdo en la necesidad de incorporar a
los procesos de enseñanza un modelo de evaluación cualitativo, que sea capaz de
ofrecer datos enriquecedores acerca del desarrollo del alumnado y no sólo de
los resultados que obtiene a través de medios no precisamente muy fiables,
Los alumnos estudian para aprobar. Los profesores
enseñan para que sus alumnos superen las evaluaciones. Lo que tiene valor real
en la enseñanza es lo que se evalúa; de lo contrario, nadie lo tiene en cuenta.
Las familias se preocupan de la situación de aprendizaje de sus hijos cuando
éstos reprueban.
La evaluación es importante, pero no como elemento
de poder o de mantenimiento de la disciplina, no como instrumento para la
promoción u obtención de un título, no como exclusivo factor de comprobación de
lo que se “aprende”, nunca como fin de la educación (que es lo que resulta ser
en muchos casos para demasiados alumnos, profesores, padres o directivos).
La evaluación aplicada a la enseñanza y el
aprendizaje consiste en un proceso sistemático y riguroso de obtención de
datos, incorporado al proceso educativo desde su comienzo, de manera que sea
posible disponer de información continua y significativa Para conocer la
situación, formar juicios de valor con respecto a ella y tomar las decisiones
adecuadas para proseguir la actividad educativa mejorándola progresivamente.
La
evaluación se podría definir como una obtención de información rigurosa y sistemática
para contar con datos válidos y fiables acerca de una situación con objeto de
formar y emitir un juicio de valor con respecto a ella. Estas valoraciones
permitirán tomar las decisiones consecuentes en orden a corregir o mejorar la
situación evaluada.
Si la finalidad de la evaluación es sumativa, tanto
el planteamiento inicial como las técnicas e instrumentos utilizados deberán
ser válidos y útiles para permitir valorar los productos o resultados que se
evalúan.
“El propósito más importante de la evaluación no es
demostrar, sino perfeccionar...”
Pero si estamos empeñados en que cambie (para
mejor) la imagen y el sentido de la evaluación, la clave está en:
a) Detectar el error de aprendizaje en el momento
en que se produce, de manera que surta efectos para la aclaración de
determinadas cuestiones no comprendidas adecuadamente y el alumno pueda
continuar avanzando en su formación sin rémoras por conceptos mal adquiridos, procedimientos
no utilizados o actitudes negativas en el grupo o frente al trabajo.
b) En consecuencia, ese error detectado no tiene
efectos sancionadores, puesto que de él no se deriva una “calificación”
negativa, cosa que sí ocurriría si se comprobara en un examen. El error, en
este último supuesto, no sería ya una llamada de atención para superar una disfunción
de aprendizaje, sino que se convertiría en un elemento para emitir un juicio
negativo de ese alumno en relación con los objetivos pretendidos.
Si hacemos alusión a la autoevaluación de la
práctica docente –por ampliar el argumento anterior-, hay que insistir en la
necesidad de evaluar lo positivo por delante de lo negativo.
Todo proceso evaluador debe seguir unas fases que
lo caracterizan y, sin las cuales, no se puede hablar de evaluación en sentido
estricto. Estas fases se concretan en:
a) Recopilación de datos con rigor y
sistematicidad.
b) Análisis de la información obtenida.
c) Formulación de conclusiones.
d) Establecimiento de un juicio de valor acerca del
objeto evaluado.
e) Adopción de medidas para continuar la actuación
correctamente.
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